Confesiones Inconclusas
Algunas puertas no fueron hechas para entrar ni salir, sino como testimonio de una posibilidad y tentación de la suerte. Son burlas crueles a nuestras ilusiones, como la manzana original del Creador, que está para disciplinar el capricho y enseñar admiración.
Tener codicia de cruzar esa puerta es repetir el pecado de soberbia del Primer Hombre, y conocer más allá es terrorismo contra uno mismo. La imaginación mejora el conocimiento, la duda despabila la certeza, y la inocencia conviene al encuentro.
Cuando Ana bajó la vista ya se adivinaba algo mal. Tenía esa particular expresividad de los que avisan antes de pronunciar. Era una criatura dócil y frágil, como la tierra de otoño cuando esta cubierta de hojas. Más bien pequeña en proporciones, hablaba rápido, cosa de no perder la atención de los demás, con una voz raspada que no terminaba de emparejar su tamaño. Había un rasgo aún mayor: un tabique ancho que separaba sus ojos rasgados, un felino increíblemente seductor.
Yo cerré los ojos al tiempo que ajusté el abrazo, no sea que se le escape a la memoria ese último instante previo, culpa de alguna distracción. Quise retener al detalle el sillón, la penumbra, la música, los cuerpos de los amantes, los perfumes, la suavidad, la tibieza, el aliento, la credulidad, la fe. A esas alturas, ya había dedicado suficiente tiempo a -intentar- conocerla. Las preguntas cruzadas habían cedido terreno y hablábamos uno al otro en la confianza de la afirmación. Sucede que la seducción necesita la intimidad cómplice de las afirmaciones, y reniega del juicio de la pregunta. Ninguna conquista verdadera soporta el peso de una inquisición.
En eso estábamos -recuerdo- cuando el imprevisto ex entró en escena para dar opinión fundada sobre el asunto. Interrumpimos el encuentro frustrado entre besos apurados y promesas de volver. De entre tanto importuno, un error trágico. Ningún teléfono de contacto había sido guardado. En efecto, ella sólo dejó algunas fotos casuales de quienes fastidian el paso del tiempo y un nombre incompleto, además de una dosis nociva de amor no disimulable.
Un hombre insatisfecho es también un hombre con una obsesión que tiene titular. Se puede engañar al cuerpo debidamente con suplencias de ocasión, pero no se puede conformar el alma así nomás cuando pide por nombre y apellido. Marcelo -ese negro atorrante que me hacía justo contrapunto-, entre tramas y planes ridículos sugirió tener la solución para reencontrarla. Sin explicar detalles, mandó hacia lo que pensamos era su barrio, y por ahí estábamos, dos despistados mintiendo esperanza, cuando un nuevo comando indicó parar el auto. El negro bajó un minuto nada más, que es lo que le toma a la vida dar un vuelco de suerte, y arrimó a una veinteañera que pasaba.
- Ella la conoce y me indicó el camino- aclaró el negro un segundo antes de subir de nuevo al auto para seguir viaje.
- Negro, no entiendo. ¿Quién era?
- Ni idea. La vi pasar nomás.
- ¿Y como sabías que la conocía?
- No sabía. Le mostré la foto y le dije que era el productor del programa "Gente que Busca Gente", y le pregunté si podía ayudar. De verdad que sos un tipo de suerte che!
Memorable, los detalles de la anécdota estaban destinados a no agotarse. A la conmoción que -imagino- sintió Ana con sonido de timbre, le sucedieron varias noches de salidas y encuentros, cada uno un poco más íntimo que el anterior. Confesiones, secretos, complicidades. Bromas en clave secreta -recuerdo- excusaban al tacto de noche y al teléfono de día. Era el amor de dos abejas obreras, constante y espontáneo, como una obra de arte que por natural se confunde inadvertida.
Entonces abrí los ojos y la vi todavía con la vista baja, todavía dócil y frágil, felina y seductora. Todavía el sillón y la penumbra, y los cuerpos crédulos de los amantes.
- Te mentí cuando dije algunas cosas y quiero decirte la verdad...- fue el principio de una confesión que no esperé escuchar, y antes q ella volviera la mirada, la interrumpí.
- Yo también necesito decirte una verdad. Todo este tiempo hubo otra, y es a ella a quien quiero. No puedo seguir con esto.
Mi revelación era cierta, igual que mi ímpetu y sus lágrimas; también mi indignación era real. Sólo era falsa la interpretación y el desengaño. No arriesgué volver a verla. Ninguna verdad otorga el derecho a destruir algo hermoso.
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Mau, no es que no me interese leer esto, es hermoso, me super atrae, pero pone una foto de tu culo y no escribas mas nada, no sabes la cantidad de posteos que vas a tener...ojo con publicar otras fotos xq esto se descontrola...y mal! Besos Te Adoro!!!