Instrucciones para subir una escalera (Julio Cortázar)

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
 

Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso. 0 comentarios

Diálogo sobre un diálogo (Jorge Luis Borges)

A. Distraidos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzulra más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernandez repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que pueda sucederle a un hombre. Yo jugaba con una navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja... Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlon).- Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística).- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.
5 comentarios

Las ruinas circulares (Jorge Luis Borges)


Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
6 comentarios

La Profecía

Ayer soñé que moría.

Soñé carne inerte y podrida, y gente adorando.
Sueño de piedades y mantos, y memoria que se iba,
me soñé indiferente y quieto vestido de tumba mía,
montada en piedra y barro.

Morir es cesar completamente, y todo me vi agotado.
Lágrimas muertas soñé, sin dolor de llanto,
los muertos estaban vivos, yo era el espanto.
Una muerte soñé, que fue la mía y fue de tantos.

Ayer soñé que mataba.

Soñé una vida que no era, y gente reprochando.
Imaginé culpa y desgarro, y la esperanza que se iba,
me vi abandono asesino, era alma a la deriva,
fundida en acero enrejado.

La muerte es abandono, y por muerto me dejaron.
Lamento seco soñé, de rencor y rechazo,
demonios de sangre y sombras, buscando.
Un final soñé, un olvido o un engaño.

Ayer soñé que olvidaba.

Soñé algo desgastado y blanco, y gente pasando.
Recordé tiempos de felicidad, y el recuerdo se iba.
me creí nuevo y receptivo, como luz clara de día,
sitiado, confuso y agobiado.

Olvidar es perdonar, y entre sueños te fui olvidando.
Tu rostro sin forma soñé, sin voz y sin pecado,
el ángel había nacido, profecía le llamo.
Muerte y olvido soñé, hoy me siento aliviado. 22 comentarios

Recreo

Gente, esta semana tuve unos problemillas de salud por lo que no dediqué suficiente tiempo a escribir nada que valga la pena ser leído. Por lo tanto y en el afán de no insistir con material de mala calidad, el próximo post será la semana que viene. Vayan a leer algo inteligente caracho! 6 comentarios

Confesiones Inconclusas

Algunas puertas no fueron hechas para entrar ni salir, sino como testimonio de una posibilidad y tentación de la suerte. Son burlas crueles a nuestras ilusiones, como la manzana original del Creador, que está para disciplinar el capricho y enseñar admiración.

Tener codicia de cruzar esa puerta es repetir el pecado de soberbia del Primer Hombre, y conocer más allá es terrorismo contra uno mismo. La imaginación mejora el conocimiento, la duda despabila la certeza, y la inocencia conviene al encuentro.

Cuando Ana bajó la vista ya se adivinaba algo mal. Tenía esa particular expresividad de los que avisan antes de pronunciar. Era una criatura dócil y frágil, como la tierra de otoño cuando esta cubierta de hojas. Más bien pequeña en proporciones, hablaba rápido, cosa de no perder la atención de los demás, con una voz raspada que no terminaba de emparejar su tamaño. Había un rasgo aún mayor: un tabique ancho que separaba sus ojos rasgados, un felino increíblemente seductor.

Yo cerré los ojos al tiempo que ajusté el abrazo, no sea que se le escape a la memoria ese último instante previo, culpa de alguna distracción. Quise retener al detalle el sillón, la penumbra, la música, los cuerpos de los amantes, los perfumes, la suavidad, la tibieza, el aliento, la credulidad, la fe. A esas alturas, ya había dedicado suficiente tiempo a -intentar- conocerla. Las preguntas cruzadas habían cedido terreno y hablábamos uno al otro en la confianza de la afirmación. Sucede que la seducción necesita la intimidad cómplice de las afirmaciones, y reniega del juicio de la pregunta. Ninguna conquista verdadera soporta el peso de una inquisición.

En eso estábamos  -recuerdo- cuando el imprevisto ex entró en escena para dar opinión fundada sobre el asunto. Interrumpimos el encuentro frustrado entre besos apurados y promesas de volver. De entre tanto importuno, un error trágico. Ningún teléfono de contacto había sido guardado. En efecto, ella sólo dejó algunas fotos casuales de quienes fastidian el paso del tiempo y un nombre incompleto, además de una dosis nociva de amor no disimulable.

Un hombre insatisfecho es también un hombre con una obsesión que tiene titular. Se puede engañar al cuerpo debidamente con suplencias de ocasión, pero no se puede conformar el alma así nomás cuando pide por nombre y apellido. Marcelo -ese negro atorrante que me hacía justo contrapunto-, entre tramas y planes ridículos sugirió tener la solución para reencontrarla. Sin explicar detalles, mandó hacia lo que pensamos era su barrio, y por ahí estábamos, dos despistados mintiendo esperanza, cuando un nuevo comando indicó parar el auto. El negro bajó un minuto nada más, que es lo que le toma a la vida dar un vuelco de suerte, y arrimó a una veinteañera que pasaba. 

- Ella la conoce y me indicó el camino- aclaró el negro un segundo antes de subir de nuevo al auto para seguir viaje.
- Negro, no entiendo. ¿Quién era?
- Ni idea. La vi pasar nomás.
- ¿Y como sabías que la conocía?
- No sabía. Le mostré la foto y le dije que era el productor del programa "Gente que Busca Gente", y le pregunté si podía ayudar. De verdad que sos un tipo de suerte che!

Memorable, los detalles de la anécdota estaban destinados a no agotarse. A la conmoción que -imagino- sintió Ana con sonido de timbre, le sucedieron varias noches de salidas y encuentros, cada uno un poco más íntimo que el anterior. Confesiones, secretos, complicidades. Bromas en clave secreta -recuerdo- excusaban al tacto de noche y al teléfono de día. Era el amor de dos abejas obreras, constante y espontáneo, como una obra de arte que por natural se confunde inadvertida.

Entonces abrí los ojos y la vi todavía con la vista baja, todavía dócil y frágil, felina y seductora. Todavía el sillón y la penumbra, y los cuerpos crédulos de los amantes. 

- Te mentí cuando dije algunas cosas y quiero decirte la verdad...- fue el principio de una confesión que no esperé escuchar, y antes q ella volviera la mirada, la interrumpí.
- Yo también necesito decirte una verdad. Todo este tiempo hubo otra, y es a ella a quien quiero. No puedo seguir con esto.

Mi revelación era cierta, igual que mi ímpetu y sus lágrimas; también mi indignación era real. Sólo era falsa la interpretación y el desengaño. No arriesgué volver a verla. Ninguna verdad otorga el derecho a destruir algo hermoso. 13 comentarios

El Ángel

El hombre trata instintivamente de anticiparse al ser amado, de imaginar sus circunstancias tantas veces como pueda. No desea ofrecer posibilidad a lo inesperado. Lo construye en anticipación al sentimiento que causa su encuentro, para que no le sea, quizás, una impresión que espante, como espanta al ojo la luz brillante.

En este sentido, la abstracción ayuda pero también esclaviza. La premonición termina por resultarnos más agradable que la realidad, con sus detalles de perfección ficticia, y perdemos la sana capacidad de entregarnos a las sorpresas del destino.

Un destello singular entonces debe bastar para cegarnos la proyección. Una expresión, una palabra casual, una postura, deben resultar eficaces para destruir lo prefabricado e instaurar el principio de la obsesión nueva.

Yo recibí ese éxtasis con una emoción que no sabría analizar. Llegó de la única manera posible: sin proponerlo y contrariando cualquier convención imaginada hasta ese día.

Morocha, una cabellera que enredaba vendavales. Su cuerpo entero había sido cincelado con demencia, única manera de mantenerse artista de tal modelo, y lo movía con la precisión descarada de las que se saben atractivas. Era intoxicante, como intoxica el aplauso del público, y mirarla era rendirse a su gravitación y su embriaguez. Era ceder enteramente al capricho de aquella mirada de oriente, un peligro diabólico para el alma.

Recuerdo la primera impresión. Ella glorificaba una mesa de bar, rodeada de mundo. Yo llegaba en disfraz de impostor persiguiendo ángeles. Apenas adentro frené el paso, como quien necesita hacer un plano que lo guíe, y barrí con la mirada. Imposible no notarla, tuve que obligar a los ojos a no detenerse, no sea que se malacostumbren y pierdan el gusto por todo lo demás. Íntimamente, una única certeza: ella inspiraba terror patológico, el mismo que siente el alma frente al Dios del Juicio Final.

El primer abordaje fue sincero: yo confesé mi admiración, ella su rechazo. “Todos los hombres son iguales. Sólo Dios sabe si hay alguno que valga la pena” me dijo. Me tomó un largo rato notar que ella encontraba un alivio al poner distancia y parecía cumplir con un rito trágico. En verdad, detrás de la piel de perfecto bronceado, esta criatura deslumbrante era tan insegura como cualquier otra, y resistía con empeño que alguien libere su armadura de belleza. El fenómeno no causó mayor asombro. Es frecuente la mujer que fastidia incoherentemente al destino a punto de hacerse su enemiga más entusiasta.

El próximo encuentro no iba a ser desprevenido. Aunque me tomó poco tiempo descubrir su domicilio -el proceso me pareció interminable-, mi obsesión había anticipado el plan perfecto mucho antes. Iba a presentarme en su casa sin ser invitado con la tarea de remendar aquel error conceptual. Vestido con una sábana blanca confundida por toga, una corona de ornamento dorado, y unas alas impuestas al blanco del algodón, llegué en disfraz de ángel persiguiendo impostores y en seguida, Santa Biblia en mano, me pronuncié: “Dios manda decir que hay hombres que aún valen la pena…”

Confrontar con hechos la verdad de las horas que siguieron sería menospreciarlas. Baste –indulgencia- con fundir hombre con circunstancia, vida con destino, sueño con realidad. La gloria verdadera jamás puede ser abarcada por el discurso de sus acciones.

Aquella noche ella recompensó al ángel con amor, doloroso y desgarrador, como una flecha lanzada, que vive mientras ansía y muere cuando llega. Por la mañana, yo estaba desnudo y absorto; ella estaba ausente. Sin excusas delatoras, ella simplemente decidió volver a ella, a la irrealidad y al frío. No consideró oportuno recompensar al hombre, y nunca más volvimos a vernos.
21 comentarios

Otro Sueño de una Noche de Verano

Por un momento sentí haber cometido todos los errores posibles. Por un momento me pensé irreparablemente esos errores. Pero uno no debe perder las esperanzas, y me había reinventado para obtener algún acierto, ya sea por virtud, ya sea por simple azar.

Por lo demás, había un encanto especial en el desorden. Las salidas sin rumbo, las compañías de ocasión, aportaban una suerte de abandono a la providencia. Renunciar al capricho de la voluntad se parece a la fe verdadera: aceptar de buen grado la incertidumbre. Sentía piedad y gratitud por aquellas extrañas conforme iban revelando su existencia. Sus fracasos se parecían a los míos, sus tragedias a la mía -todas las tragedias son esencialmente la misma-, y la historia parecía una.

No puedo hoy imaginar la manera en que ellas puedan recordarme, si por caso lo hacen. Con agrado, indeferencia, hostilidad, realmente importa poco: desvanecerme es mi único temor. Jamás podría yo acceder al olvido absoluto -se parece a la muerte-, y la verdad es que a todas recuerdo por completo.

Recuerdo también el primer acierto -o algo que se le pareció-, y la impresión de vida que sentí, aunque sólo por un momento.

Ella era una mujer en diferido. En verdad no causaba emoción admirarla, tampoco rechazo sincero. Tenía una figura estirada, como quien parece buscar la luz del Sol, y sus piernas eran ligeramente hermosas. Ignoraba su belleza y vivía resignada a sobrellevar su ignorancia, y se parecía al tedio, y su tedio a la nada.

Es inevitable que una mujer así preste ojos a quien preste ojos a ella, y en una noche de verano, después de algunos tragos, en alguna pileta de natación reflejando Luna, un romance insípido cerró el trato. Por un momento me pareció soberbio. Por un momento pensé que no estaba mal. Pero ella se había inventado para semejarse al desgano, y el desgano se parece a la ausencia. Y el momento se volvió eterno y la palabra interminable me viene a la mente. La recuerdo pasiva, desnuda, lejana. Ella toda era ausencia, y la ausencia se parece al olvido.

Me siento ahora obligado a confesar lo increíble. En verdad el momento final de aquel acto -se parecía al tiempo cuando se detiene- llegó con un orgasmo fingido y una declaración:

- La pasé bárbaro. Hacía mucho que no me sentía así.

Fingir un orgasmo, hacer una declaración. No resulta improbable una noche de verano, ni una mujer ausente, ni un hombre herido. Pero esa noche, y esa mujer, y ese hombre si lo son, porque la mentira era mía y las palabras de ella, y la noche toda se parece a lo imposible, y lo imposible a la fantasía.

Por un momento sentí cometer un crimen. Por un momento me pensé irreversiblemente condenado. Pero uno no debe perder las esperanzas, y me había reinventado para vivir fantasías, ya sean redención, ya sean simples condenas.
6 comentarios

Primera Sangre

Cuando el alma queda sin Dios y pierde la fe en sus anhelos, mira el porvenir ahogado en sobra, y la depresión es inevitable.

Una vez que la metamorfosis inicial pasó, una reflexión singular me inquietó en el espejo. Ropa ajustada de colores vivos, un gigantesco tatuaje en la espalda, anteojos oscuros, y la joya de la corona, un falso piercing en forma de aro. ¿Quién era ese fulano? Pero el camino a desandar era mucho más. Maneras de comportarse, lenguaje corporal, sensación de confianza, decisión, presencia. Toma mucho coraje, o mucha frustración, reeducarse a tal extremo. Es sinónimo de testificar la propia ineptitud para manejar las herramientas sociales más básicas, las mismas que sostienen la esencia de la masculinidad.

Noche de viernes. Estaba listo para poner a prueba mi nuevo formato y el propósito era firme: recuperar la Diosa perdida. Algún bar. Vértigo. Imaginé ser algo más. Incontables cuerpos hermosos de mujeres extrañas sólo evocaban metáforas de Ella. Ser aquel observador inútil era un acto barbárico. Fracaso absoluto. El silencio aturdido de la soledad que me acompañó esa noche a casa me gritaba qué tan necesario era encontrarla. Soplar nueva vida al hombre agotado es exclusiva jurisdicción de las mujeres divinas.

Noche de sábado. Decidí que mis métodos estaban todavía prematuros y exponerlos en solitario era simplemente cruel. Esa noche iba a salir en dúo con Marcelo, un tipo más bien tranquilo que exudaba un aire de misterio que la mayoría de las mujeres encontraba atractivo. Por algún motivo que todavía no comprendo, el ego femenino es tal que piensan que cualquier hombre que no hable está escuchándolas con atención, y eso les parece irresistible. Alguien debería decirles la verdad algún día.

Cuando llegamos a destino lo encontramos extrañamente vacío. Sólo unas pocas rondas de gente desparramadas por ahí, la mayoría hombres, espolvoreados con alguna que otra mujer de dudoso atractivo que gozaba de más atención de la que debería haber recibido jamás. Sin embargo no todas estaban vestidas en plumas verdes. Dos rubias completamente fuera de contexto nos cruzaron por delante y sentí un sacudón violento del corazón, alimentado por el perfume de alguna de ellas, o de cualquiera. La idea de abordar semejante par bastó para ponerme en alerta máxima. Marcelo hizo la primera aproximación mientras yo intentaba balbucear algún que otro comentario. Bastaron unos pocos minutos para enterarnos de una verdad evidente: esas dos estaban suficientemente borrachas como para resultar impermeables a cualquier charla, y dilatar la retirada con palabras era innecesario.

Fuimos los cuatro a buscar el auto, enroscados entre besos y manos. Yo apuraba el paso, mitad por excitación genuina, mitad por temor a que alguna de las chicas se desplomara en el piso, victima irrecuperable del alcohol. Apenas arriba, cariños pasajeros aparte, ellas indicaron su departamento. Las cuadras pasaban lentísimas a toda velocidad, cuando lo impensable ocurrió. De repente el único sonido era el motor empujando hacia el momento glorioso; nuestra preciosa carga rubia del asiento trasero se había desplomado sobre si misma y dormía muerte liviana. Otro fracaso. Ningún hecho memorable sucede cuando se enfría la urgencia.

Algunos días después, vagabundeando por alguna esquina, Marcelo y yo nos topamos con una de las rubias. Sin preámbulo, ni siquiera el saludo de rigor, se pronunció: 

- Ustedes son dos idiotas. Nos dejaron a mi amiga y a mí en la puerta y se fueron. Podrían habernos despabilado un poco, no?


Las confesiones graves fuera de tiempo son siempre una impiedad atroz. Cualquiera sabe que un corazón roto es incapaz de reconocer la felicidad, ni siquiera cuando ésta le toma la mano.
14 comentarios

El Fénix

El primer gran obstáculo que enfrenté por aquellos tiempos no fue aprender lo nuevo, sino desprenderme de lo aprendido.

Una aclaración necesaria: me confieso incapaz del cambio pausado y constante. Así he sido desde que tengo memoria, desde mis costumbres rutinarias hasta el rechazo sistemático a las modas. El mecanismo adaptativo en mi caso parece haber sido reemplazado por otro de simple metamorfosis. Yo no cambio, no me adapto. Simplemente muero primero para resurgir, tiempo indefinido de por medio, en una forma nueva y reaccionaria a la pasada. Me concentré, entonces, en aniquilarme sistemáticamente.

El ropero parecía un lugar apropiado para matadero. Por increíble que parezca hoy, aquel armario interminable estaba repleto de ropa del más impersonal de los estilos, con azules y grises como plagas dominantes enmarcadas en deformantes cortes rectos. Jamás hasta entonces había comprado mi propia ropa, salvo raras excepciones, y mis vestiduras provenían de regalos de personas que, al desconocer mis gustos y preocupados en desmedida por importunar, sólo atrevían lo básico. Colores neutros, modelos clásicos, talles gigantescos. Lógicamente yo hacía mi parte con eficacia: sobresaltaba emociones frente al presente y los usaba con frecuencia, porque así era como mandaban las normas. El circuito del mal gusto se cerraba cuando se me veía con esas fachas, se pensaba que esa era mi preferencia, y ante la primera oportunidad, los regalos venían por más. Pocas cosas desnaturalizan más a un hombre que el deseo de agradar.

Vacíe por completo los estantes y percheros. Metí todo desordenadamente en algunas cajas dispuestas y prometí no volver a ellas hasta haberme olvidado del todo su contenido. Junté algo de mis ahorros y salí a la calle decidido a darle una probada superlativa a la terapia favorita de millones de mujeres al rededor del mundo: shopping irracional y compulsivo de ropa. Renunciar a lo viejo es requisito de lo nuevo.

Hoy en retrospectiva, todavía no atrevo un veredicto. Aunque en su versión terapéutica ofreció algún beneficio -el cerebro se asquea tanto por comentarios del estilo "te queda bárbaro" o "este pantalón te estaba esperando a vos" que eventualmente procede a su autodesconexion, ofreciendo narcótico alivio instantáneo-, los resultados concretos fueron un tanto más dudosos. Esa tarde el placard se vistió con una colección de camisas y remeras estampadas escapadas directamente de los descartes de las últimas comunidades hippies, y algunos pantalones demasiado ajustados como para ofrecer una descripción fehaciente que no ponga en duda mi masculinidad. Es frecuente que el espíritu oprimido imponga caprichos insensatos a la razón, con el único objetivo de reforzar la miseria.

Reeducar el cuerpo, redimir el alma. De pronto era espantosamente evidente que iba a necesitar algo más que ímpetu individual para romper el postergante ciclo de la depresión. Mi único acierto hasta ese momento había sido corroborar, sin posibilidad de error, que una vida podía sobrellevarse con un cierto grado de distinción. Sin embargo, había llegado el tiempo de enfrentar la obligación eviterna de vivirla.
13 comentarios