El Fénix
El primer gran obstáculo que enfrenté por aquellos tiempos no fue aprender lo nuevo, sino desprenderme de lo aprendido.
Una aclaración necesaria: me confieso incapaz del cambio pausado y constante. Así he sido desde que tengo memoria, desde mis costumbres rutinarias hasta el rechazo sistemático a las modas. El mecanismo adaptativo en mi caso parece haber sido reemplazado por otro de simple metamorfosis. Yo no cambio, no me adapto. Simplemente muero primero para resurgir, tiempo indefinido de por medio, en una forma nueva y reaccionaria a la pasada. Me concentré, entonces, en aniquilarme sistemáticamente.
El ropero parecía un lugar apropiado para matadero. Por increíble que parezca hoy, aquel armario interminable estaba repleto de ropa del más impersonal de los estilos, con azules y grises como plagas dominantes enmarcadas en deformantes cortes rectos. Jamás hasta entonces había comprado mi propia ropa, salvo raras excepciones, y mis vestiduras provenían de regalos de personas que, al desconocer mis gustos y preocupados en desmedida por importunar, sólo atrevían lo básico. Colores neutros, modelos clásicos, talles gigantescos. Lógicamente yo hacía mi parte con eficacia: sobresaltaba emociones frente al presente y los usaba con frecuencia, porque así era como mandaban las normas. El circuito del mal gusto se cerraba cuando se me veía con esas fachas, se pensaba que esa era mi preferencia, y ante la primera oportunidad, los regalos venían por más. Pocas cosas desnaturalizan más a un hombre que el deseo de agradar.
Vacíe por completo los estantes y percheros. Metí todo desordenadamente en algunas cajas dispuestas y prometí no volver a ellas hasta haberme olvidado del todo su contenido. Junté algo de mis ahorros y salí a la calle decidido a darle una probada superlativa a la terapia favorita de millones de mujeres al rededor del mundo: shopping irracional y compulsivo de ropa. Renunciar a lo viejo es requisito de lo nuevo.
Hoy en retrospectiva, todavía no atrevo un veredicto. Aunque en su versión terapéutica ofreció algún beneficio -el cerebro se asquea tanto por comentarios del estilo "te queda bárbaro" o "este pantalón te estaba esperando a vos" que eventualmente procede a su autodesconexion, ofreciendo narcótico alivio instantáneo-, los resultados concretos fueron un tanto más dudosos. Esa tarde el placard se vistió con una colección de camisas y remeras estampadas escapadas directamente de los descartes de las últimas comunidades hippies, y algunos pantalones demasiado ajustados como para ofrecer una descripción fehaciente que no ponga en duda mi masculinidad. Es frecuente que el espíritu oprimido imponga caprichos insensatos a la razón, con el único objetivo de reforzar la miseria.
Reeducar el cuerpo, redimir el alma. De pronto era espantosamente evidente que iba a necesitar algo más que ímpetu individual para romper el postergante ciclo de la depresión. Mi único acierto hasta ese momento había sido corroborar, sin posibilidad de error, que una vida podía sobrellevarse con un cierto grado de distinción. Sin embargo, había llegado el tiempo de enfrentar la obligación eviterna de vivirla.




