Recreo

Gente, esta semana tuve unos problemillas de salud por lo que no dediqué suficiente tiempo a escribir nada que valga la pena ser leído. Por lo tanto y en el afán de no insistir con material de mala calidad, el próximo post será la semana que viene. Vayan a leer algo inteligente caracho! 6 comentarios

Confesiones Inconclusas

Algunas puertas no fueron hechas para entrar ni salir, sino como testimonio de una posibilidad y tentación de la suerte. Son burlas crueles a nuestras ilusiones, como la manzana original del Creador, que está para disciplinar el capricho y enseñar admiración.

Tener codicia de cruzar esa puerta es repetir el pecado de soberbia del Primer Hombre, y conocer más allá es terrorismo contra uno mismo. La imaginación mejora el conocimiento, la duda despabila la certeza, y la inocencia conviene al encuentro.

Cuando Ana bajó la vista ya se adivinaba algo mal. Tenía esa particular expresividad de los que avisan antes de pronunciar. Era una criatura dócil y frágil, como la tierra de otoño cuando esta cubierta de hojas. Más bien pequeña en proporciones, hablaba rápido, cosa de no perder la atención de los demás, con una voz raspada que no terminaba de emparejar su tamaño. Había un rasgo aún mayor: un tabique ancho que separaba sus ojos rasgados, un felino increíblemente seductor.

Yo cerré los ojos al tiempo que ajusté el abrazo, no sea que se le escape a la memoria ese último instante previo, culpa de alguna distracción. Quise retener al detalle el sillón, la penumbra, la música, los cuerpos de los amantes, los perfumes, la suavidad, la tibieza, el aliento, la credulidad, la fe. A esas alturas, ya había dedicado suficiente tiempo a -intentar- conocerla. Las preguntas cruzadas habían cedido terreno y hablábamos uno al otro en la confianza de la afirmación. Sucede que la seducción necesita la intimidad cómplice de las afirmaciones, y reniega del juicio de la pregunta. Ninguna conquista verdadera soporta el peso de una inquisición.

En eso estábamos  -recuerdo- cuando el imprevisto ex entró en escena para dar opinión fundada sobre el asunto. Interrumpimos el encuentro frustrado entre besos apurados y promesas de volver. De entre tanto importuno, un error trágico. Ningún teléfono de contacto había sido guardado. En efecto, ella sólo dejó algunas fotos casuales de quienes fastidian el paso del tiempo y un nombre incompleto, además de una dosis nociva de amor no disimulable.

Un hombre insatisfecho es también un hombre con una obsesión que tiene titular. Se puede engañar al cuerpo debidamente con suplencias de ocasión, pero no se puede conformar el alma así nomás cuando pide por nombre y apellido. Marcelo -ese negro atorrante que me hacía justo contrapunto-, entre tramas y planes ridículos sugirió tener la solución para reencontrarla. Sin explicar detalles, mandó hacia lo que pensamos era su barrio, y por ahí estábamos, dos despistados mintiendo esperanza, cuando un nuevo comando indicó parar el auto. El negro bajó un minuto nada más, que es lo que le toma a la vida dar un vuelco de suerte, y arrimó a una veinteañera que pasaba. 

- Ella la conoce y me indicó el camino- aclaró el negro un segundo antes de subir de nuevo al auto para seguir viaje.
- Negro, no entiendo. ¿Quién era?
- Ni idea. La vi pasar nomás.
- ¿Y como sabías que la conocía?
- No sabía. Le mostré la foto y le dije que era el productor del programa "Gente que Busca Gente", y le pregunté si podía ayudar. De verdad que sos un tipo de suerte che!

Memorable, los detalles de la anécdota estaban destinados a no agotarse. A la conmoción que -imagino- sintió Ana con sonido de timbre, le sucedieron varias noches de salidas y encuentros, cada uno un poco más íntimo que el anterior. Confesiones, secretos, complicidades. Bromas en clave secreta -recuerdo- excusaban al tacto de noche y al teléfono de día. Era el amor de dos abejas obreras, constante y espontáneo, como una obra de arte que por natural se confunde inadvertida.

Entonces abrí los ojos y la vi todavía con la vista baja, todavía dócil y frágil, felina y seductora. Todavía el sillón y la penumbra, y los cuerpos crédulos de los amantes. 

- Te mentí cuando dije algunas cosas y quiero decirte la verdad...- fue el principio de una confesión que no esperé escuchar, y antes q ella volviera la mirada, la interrumpí.
- Yo también necesito decirte una verdad. Todo este tiempo hubo otra, y es a ella a quien quiero. No puedo seguir con esto.

Mi revelación era cierta, igual que mi ímpetu y sus lágrimas; también mi indignación era real. Sólo era falsa la interpretación y el desengaño. No arriesgué volver a verla. Ninguna verdad otorga el derecho a destruir algo hermoso. 13 comentarios

El Ángel

El hombre trata instintivamente de anticiparse al ser amado, de imaginar sus circunstancias tantas veces como pueda. No desea ofrecer posibilidad a lo inesperado. Lo construye en anticipación al sentimiento que causa su encuentro, para que no le sea, quizás, una impresión que espante, como espanta al ojo la luz brillante.

En este sentido, la abstracción ayuda pero también esclaviza. La premonición termina por resultarnos más agradable que la realidad, con sus detalles de perfección ficticia, y perdemos la sana capacidad de entregarnos a las sorpresas del destino.

Un destello singular entonces debe bastar para cegarnos la proyección. Una expresión, una palabra casual, una postura, deben resultar eficaces para destruir lo prefabricado e instaurar el principio de la obsesión nueva.

Yo recibí ese éxtasis con una emoción que no sabría analizar. Llegó de la única manera posible: sin proponerlo y contrariando cualquier convención imaginada hasta ese día.

Morocha, una cabellera que enredaba vendavales. Su cuerpo entero había sido cincelado con demencia, única manera de mantenerse artista de tal modelo, y lo movía con la precisión descarada de las que se saben atractivas. Era intoxicante, como intoxica el aplauso del público, y mirarla era rendirse a su gravitación y su embriaguez. Era ceder enteramente al capricho de aquella mirada de oriente, un peligro diabólico para el alma.

Recuerdo la primera impresión. Ella glorificaba una mesa de bar, rodeada de mundo. Yo llegaba en disfraz de impostor persiguiendo ángeles. Apenas adentro frené el paso, como quien necesita hacer un plano que lo guíe, y barrí con la mirada. Imposible no notarla, tuve que obligar a los ojos a no detenerse, no sea que se malacostumbren y pierdan el gusto por todo lo demás. Íntimamente, una única certeza: ella inspiraba terror patológico, el mismo que siente el alma frente al Dios del Juicio Final.

El primer abordaje fue sincero: yo confesé mi admiración, ella su rechazo. “Todos los hombres son iguales. Sólo Dios sabe si hay alguno que valga la pena” me dijo. Me tomó un largo rato notar que ella encontraba un alivio al poner distancia y parecía cumplir con un rito trágico. En verdad, detrás de la piel de perfecto bronceado, esta criatura deslumbrante era tan insegura como cualquier otra, y resistía con empeño que alguien libere su armadura de belleza. El fenómeno no causó mayor asombro. Es frecuente la mujer que fastidia incoherentemente al destino a punto de hacerse su enemiga más entusiasta.

El próximo encuentro no iba a ser desprevenido. Aunque me tomó poco tiempo descubrir su domicilio -el proceso me pareció interminable-, mi obsesión había anticipado el plan perfecto mucho antes. Iba a presentarme en su casa sin ser invitado con la tarea de remendar aquel error conceptual. Vestido con una sábana blanca confundida por toga, una corona de ornamento dorado, y unas alas impuestas al blanco del algodón, llegué en disfraz de ángel persiguiendo impostores y en seguida, Santa Biblia en mano, me pronuncié: “Dios manda decir que hay hombres que aún valen la pena…”

Confrontar con hechos la verdad de las horas que siguieron sería menospreciarlas. Baste –indulgencia- con fundir hombre con circunstancia, vida con destino, sueño con realidad. La gloria verdadera jamás puede ser abarcada por el discurso de sus acciones.

Aquella noche ella recompensó al ángel con amor, doloroso y desgarrador, como una flecha lanzada, que vive mientras ansía y muere cuando llega. Por la mañana, yo estaba desnudo y absorto; ella estaba ausente. Sin excusas delatoras, ella simplemente decidió volver a ella, a la irrealidad y al frío. No consideró oportuno recompensar al hombre, y nunca más volvimos a vernos.
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Otro Sueño de una Noche de Verano

Por un momento sentí haber cometido todos los errores posibles. Por un momento me pensé irreparablemente esos errores. Pero uno no debe perder las esperanzas, y me había reinventado para obtener algún acierto, ya sea por virtud, ya sea por simple azar.

Por lo demás, había un encanto especial en el desorden. Las salidas sin rumbo, las compañías de ocasión, aportaban una suerte de abandono a la providencia. Renunciar al capricho de la voluntad se parece a la fe verdadera: aceptar de buen grado la incertidumbre. Sentía piedad y gratitud por aquellas extrañas conforme iban revelando su existencia. Sus fracasos se parecían a los míos, sus tragedias a la mía -todas las tragedias son esencialmente la misma-, y la historia parecía una.

No puedo hoy imaginar la manera en que ellas puedan recordarme, si por caso lo hacen. Con agrado, indeferencia, hostilidad, realmente importa poco: desvanecerme es mi único temor. Jamás podría yo acceder al olvido absoluto -se parece a la muerte-, y la verdad es que a todas recuerdo por completo.

Recuerdo también el primer acierto -o algo que se le pareció-, y la impresión de vida que sentí, aunque sólo por un momento.

Ella era una mujer en diferido. En verdad no causaba emoción admirarla, tampoco rechazo sincero. Tenía una figura estirada, como quien parece buscar la luz del Sol, y sus piernas eran ligeramente hermosas. Ignoraba su belleza y vivía resignada a sobrellevar su ignorancia, y se parecía al tedio, y su tedio a la nada.

Es inevitable que una mujer así preste ojos a quien preste ojos a ella, y en una noche de verano, después de algunos tragos, en alguna pileta de natación reflejando Luna, un romance insípido cerró el trato. Por un momento me pareció soberbio. Por un momento pensé que no estaba mal. Pero ella se había inventado para semejarse al desgano, y el desgano se parece a la ausencia. Y el momento se volvió eterno y la palabra interminable me viene a la mente. La recuerdo pasiva, desnuda, lejana. Ella toda era ausencia, y la ausencia se parece al olvido.

Me siento ahora obligado a confesar lo increíble. En verdad el momento final de aquel acto -se parecía al tiempo cuando se detiene- llegó con un orgasmo fingido y una declaración:

- La pasé bárbaro. Hacía mucho que no me sentía así.

Fingir un orgasmo, hacer una declaración. No resulta improbable una noche de verano, ni una mujer ausente, ni un hombre herido. Pero esa noche, y esa mujer, y ese hombre si lo son, porque la mentira era mía y las palabras de ella, y la noche toda se parece a lo imposible, y lo imposible a la fantasía.

Por un momento sentí cometer un crimen. Por un momento me pensé irreversiblemente condenado. Pero uno no debe perder las esperanzas, y me había reinventado para vivir fantasías, ya sean redención, ya sean simples condenas.
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Primera Sangre

Cuando el alma queda sin Dios y pierde la fe en sus anhelos, mira el porvenir ahogado en sobra, y la depresión es inevitable.

Una vez que la metamorfosis inicial pasó, una reflexión singular me inquietó en el espejo. Ropa ajustada de colores vivos, un gigantesco tatuaje en la espalda, anteojos oscuros, y la joya de la corona, un falso piercing en forma de aro. ¿Quién era ese fulano? Pero el camino a desandar era mucho más. Maneras de comportarse, lenguaje corporal, sensación de confianza, decisión, presencia. Toma mucho coraje, o mucha frustración, reeducarse a tal extremo. Es sinónimo de testificar la propia ineptitud para manejar las herramientas sociales más básicas, las mismas que sostienen la esencia de la masculinidad.

Noche de viernes. Estaba listo para poner a prueba mi nuevo formato y el propósito era firme: recuperar la Diosa perdida. Algún bar. Vértigo. Imaginé ser algo más. Incontables cuerpos hermosos de mujeres extrañas sólo evocaban metáforas de Ella. Ser aquel observador inútil era un acto barbárico. Fracaso absoluto. El silencio aturdido de la soledad que me acompañó esa noche a casa me gritaba qué tan necesario era encontrarla. Soplar nueva vida al hombre agotado es exclusiva jurisdicción de las mujeres divinas.

Noche de sábado. Decidí que mis métodos estaban todavía prematuros y exponerlos en solitario era simplemente cruel. Esa noche iba a salir en dúo con Marcelo, un tipo más bien tranquilo que exudaba un aire de misterio que la mayoría de las mujeres encontraba atractivo. Por algún motivo que todavía no comprendo, el ego femenino es tal que piensan que cualquier hombre que no hable está escuchándolas con atención, y eso les parece irresistible. Alguien debería decirles la verdad algún día.

Cuando llegamos a destino lo encontramos extrañamente vacío. Sólo unas pocas rondas de gente desparramadas por ahí, la mayoría hombres, espolvoreados con alguna que otra mujer de dudoso atractivo que gozaba de más atención de la que debería haber recibido jamás. Sin embargo no todas estaban vestidas en plumas verdes. Dos rubias completamente fuera de contexto nos cruzaron por delante y sentí un sacudón violento del corazón, alimentado por el perfume de alguna de ellas, o de cualquiera. La idea de abordar semejante par bastó para ponerme en alerta máxima. Marcelo hizo la primera aproximación mientras yo intentaba balbucear algún que otro comentario. Bastaron unos pocos minutos para enterarnos de una verdad evidente: esas dos estaban suficientemente borrachas como para resultar impermeables a cualquier charla, y dilatar la retirada con palabras era innecesario.

Fuimos los cuatro a buscar el auto, enroscados entre besos y manos. Yo apuraba el paso, mitad por excitación genuina, mitad por temor a que alguna de las chicas se desplomara en el piso, victima irrecuperable del alcohol. Apenas arriba, cariños pasajeros aparte, ellas indicaron su departamento. Las cuadras pasaban lentísimas a toda velocidad, cuando lo impensable ocurrió. De repente el único sonido era el motor empujando hacia el momento glorioso; nuestra preciosa carga rubia del asiento trasero se había desplomado sobre si misma y dormía muerte liviana. Otro fracaso. Ningún hecho memorable sucede cuando se enfría la urgencia.

Algunos días después, vagabundeando por alguna esquina, Marcelo y yo nos topamos con una de las rubias. Sin preámbulo, ni siquiera el saludo de rigor, se pronunció: 

- Ustedes son dos idiotas. Nos dejaron a mi amiga y a mí en la puerta y se fueron. Podrían habernos despabilado un poco, no?


Las confesiones graves fuera de tiempo son siempre una impiedad atroz. Cualquiera sabe que un corazón roto es incapaz de reconocer la felicidad, ni siquiera cuando ésta le toma la mano.
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